Skip to main content

Fotografía

O. Campos 

Angélica intentó sacarse su corona de flores fucsia ante la presencia del turista. “Le queda bien”-dijo, esbozando una sonrisa.

Paseábamos por el Jardín Botánico de la USACH, un espacio de vegetación, aroma, tonalidades y formas espontáneas. Atravesamos el bosque de arrayanes, anaranjado y piel húmeda. Los copihues emergían como luciérnagas rojas.

Nos sentamos en una banca entre arbustos y coníferas, un espacio espiritual. Se nos acercó una niña, quizás, atraída por nuestra madurez y la corona de flores de Angélica. Giró en torno a nosotros. Dulce, traviesa, ojos verdes y profundos. Angélica improvisó un cordón de flores e invito a ponérsela. Fotografié a ambas. De improviso corrió, parecía flotar, desapareció de nuestra vista.  Seguimos su camino. No encontramos indicios. Nos dejó interrogantes, una brisa espiritual, y su presencia en fotografías.

Nos fuimos al hospedaje, habíamos recorrido parte de estas diez hectáreas. Un relajo para el estrés ocasionado por la pandemia.

Revisé cuidadosamente las fotografías. No encontré ninguna con la imagen de la niña. Aparecía Angélica sola. “No entiendo que pasa”, comenté. Este hallazgo, nos gatilló una sensación de incertidumbre y sorpresa. No encontré una explicación razonable.

Al día siguiente, hicimos el mismo recorrido, con la expectativa de hallar una explicación. Debíamos unir la sensación de incomprensión con la realidad. Nuevamente, ningún indicio.

Seguimos nuestra ruta a Dalcahue. Subiendo una cuesta, se enfrenta nuestro vehículo, con un camión cisterna. El estanque derrapa y ocupa nuestra pista de circulación. Silencio. Con terror, imagine la desigual colisión. En segundos, es difícil ordenar el pensamiento. A un metro de distancia, se genera un espacio, realizo una maniobra instintiva, logrando evadir la colisión. Después de un largo silencio, llegamos a Dalcahue, caía una suave llovizna.

Mientras nos servíamos un aromático té con pastelillos, a orillas del canal Dalcahue. Intentamos conectar sucesos inexplicables: lo vulnerable que somos y hechos que no tienen explicación lógica.

Tres días después volvimos al jardín botánico de la USACH. Esta mezcla de realismo mágico, y mi formación matemática, me impedían aceptar situaciones inexplicables.

Caminamos hacia un museo. Nuevamente estábamos solos. Se nos acercó un joven. Figura, desgarbada, delgada. Locuaz y didáctico, respondió todas las preguntas, como un maestro. Lo seguimos hasta la sala de exposición de pinturas. A la entrada nos tomamos una foto con nuestro amigo el pintor junto a su cuadro.

El color verde y el azul se mezclaban con pasión con otros colores. Al centro, el salto de una sirena, emergiendo del mar. Explicó, que el tema es el resultado de un sueño. Además, que estaba de paso en Valdivia. A futuro esperaba realizar su propia exposición. Con Angélica, sostuvimos la escala mientras colgaba el cuadro.

En el periodo de vacaciones me vuelvo un fotógrafo novato, intento aplicar algunas técnicas fotográficas. Tomé algunas fotografías a la obra de nuestro amigo pintor. Me confidenció que viajaría a un templo de meditación ubicado en Francia, Plum Village. Nos despedimos con emoción. Cada persona y cada generación lleva consigo sueños, más aún, los artistas que buscan su encuentro espiritual.

De regreso a casa. Angélica preparó café. Recordamos la probabilidad de experimentar un accidente, la imagen de la niña en la fotografía. Curioso, ambos hechos sucedieron, no obstante, de nuestro amigo el pintor, nos quedó su misticismo y la simplicidad de enfrentar la vida.

De improviso, nos miramos con Angélica. Buscamos la cámara y editamos las fotografías. Esta vez, encontramos las fotos del pintor y su pintura. Miramos con detención la acrobacia de la sirena. Angélica, me solicito que agrandara sus manos pálidas y alargadas, continuamos con sus hombros delgados y su rostro. Nos miramos y esta vez, perdimos la orientación espacial, una taza cayó al suelo y nos despertó de un breve estado hipnótico. Ahí estaba, su mirada dulce, sus ojos verdes. Nos sobrevino una sensación de alegría por el reencuentro

Nuestro amigo pintor, quizás se encuentre viajando en barco, buscando respuestas en el mar. Quizás los encontremos en algún lugar. Ambos existen. Con Angélica acordamos dejar de unir piezas inexplicables. La vida, a veces, te da respuestas, otras sencillamente, calla.

Noticias relacionas

Historias que no son cuentos

La historia de la Pity y la Poty

La historia de la Pity y la Poty Ana Maria Gonzalez Muñoz (Poty) Como dos palomas…
Historias que no son cuentos

Ocho meses

Ocho meses Ana Parada Casanova Ocho meses puede ser mucho tiempo para alguien que espera un…
Historias que no son cuentos
Fotografía
Historias que no son cuentos
Homenaje a mi madre
Skip to content