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Ocho meses

Ana Parada Casanova 

Ocho meses puede ser mucho tiempo para alguien que espera un beso de la persona amada, o para alguien que espera por una oportunidad laboral, o puede ser la nada misma cuando tienes treinta y siete años y te dicen que eso es lo que te resta de vida.

Recuerdo como si fuera ayer, cuando esa frase zumbó en nuestros oídos y, luego de dejar el Hospital de la FALP, cruzamos a un restaurante y ordenamos nuestros platos favoritos. Nuestra sobrecogida incredulidad nos llevó a lanzar miles de ideas alentadoras de posibles tratamientos, esperanzados en un milagro, pero de pronto nos quedamos en absoluto silencio, vagando en nuestros confusos pensamientos. Mientras nuestros platos se enfriaban, nuestra angustia se coló por todos los poros de nuestra piel y nos dejó en evidencia, ambos rompimos en llanto al mismo tiempo.

Pagamos la cuenta sin haber consumido nada, al garzón se le enredaron las manos con la maquinita de transbank, leí compasión en su mirada.

En un arrebato de vehemencia me ofrecí a conducir y Queno sonriendo me dijo “aún puedo hacerlo”. Que torpeza la mía, ese hombre que era mi héroe por millones de razones, lo menos que quería era mi lástima.

Mi cabeza parecía explotar y busqué un migranol en mi cartera, pero me encontré con un folleto que nunca supe cómo llegó hasta allí. Era Isaías 42:16, eso encendió una pequeña chispa de luz en mí y mientras nos dirigíamos a casa, me puse a implorar por un milagro.

Esa noche después de la cena oramos juntos, él no quiso vivir a medias entre los tratamientos de quimio y la cotidianidad. Todas aquellas horas en que no estaba en quimios y el cuerpo se lo permitía, las dedicó a los seres que amaba, en especial a mí y nuestros niños, que en ese entonces tenían seis y cuatro añitos. Ese día comenzó una nueva forma de vida para ambos, me repartí entre mi trabajo y el de él, las cuentas no esperaban. Empapelé nuestro dormitorio con fotos de sus seres queridos, de viajes, de momentos que tenían algún sentido para él y cada día al despertarse le dieran razones para agradecer a Dios.

A momentos me sentía sumida en un pozo profundo porque no solo él se iría de este mundo, sino una parte de mí se moriría con él, temía no sobrevivir a ello. La soledad de mi auto fue la principal testigo de mi llanto, aunque cada mañana intuí que el milagro venía en la esquina.

La vida es un misterio descomunal, pese a que a veces presumimos de nuestros grandes cerebros, en realidad comprendemos casi nada de lo que significa. Nos enredamos en telarañas pegajosas y confusas persiguiendo ambiciones lícitas e ilícitas que no podremos llevar con nosotros al dejar este mundo.

A la vista de la mayoría el milagro no llegó, pero yo sé que Dios lo hizo, durante su peregrinar por el camino a su prematura muerte.

Su color favorito era el verde, amaba la comida de mi madre y de su hermana, el olor del cedrón le fascinaba, gozaba como chancho en el barro jugando con sus niños en vez de estar haciendo zapping aburridamente, se fue sin deudas con aquellos que amaba.

El venció a la muerte con su fe, y se quedó en mi razón tanto como en los pliegues de mi subconsciente, está conmigo en todo lo bello que toco, en los gestos nobles de mis hijos. He recorrido mucho en estos 22 años y no hay donde escapar de su ejemplo.

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